sábado, 19 de mayo de 2012

DIÓCESIS

+Mons. Enrique Díaz Díaz

ME VOY PERO ME QUEDO
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Hechos 1, 1-11: "Se fue elevando a la vista de los Apóstoles"
Salmo 46: "Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya"
Efesios 4, 1-13: "Hasta que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo"
San Marcos 16, 15-20: "Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios"
Quería ser grande
La escena contrasta fuertemente con la armonía que hay en su entorno. La tranquilidad y frescura del río Jataté invitan con su armoniosa melodía a un clima de paz y de bonanza, sin embargo el rostro del joven se contrae en una mueca dolorosa y sus ojos se pierden en el vacío. Su papá me explica con tristeza: "Quería ser grande y tenía muchos sueños. Era muy buen estudiante y hablaba de proyectos increíbles. Pero ya casi para terminar la secundaria, aquí mismo en la comunidad, comenzó a juntarse con la pandilla. Se emborrachaban y dicen que hasta droga tomaban. Ya nunca volvió a ser igual. Primero se tornó agresivo y violento, nos exigía dinero y destrozaba lo poquito que tenemos, fueron días muy difíciles, de agresiones, insultos, golpes, ya nadie lo quería en casa. Después, vinieron las convulsiones y los ataques que lo dejaban tirado. Lo estuvimos llevando a los doctores, pero está muy lejos y sale muy caro. Lo controlaron un poco y desde hace ya dos años está así como perdido, como con dolor, pero ya no dice nada, no ofende, no es agresivo, pero está ido". Y así desde su lejanía y nostalgia contempla la oración que hacemos por él y después se va tambaleante por la vereda a la orilla del río. Resuenan en mi mente las palabras de su padre: "Quería ser grande…"
Una alegría incomprensible
Hoy celebramos una fiesta muy particular: la Ascensión del Señor. Los evangelistas nos presentan una escena narrada con todos los signos bíblicos para centrarnos en una nueva epifanía de Jesús y mostrarnos que el que se había abajado, el que se había humillado, ahora es elevado, reconocido y puesto a la derecha del Padre. Quizás estas imágenes al mismo tiempo que nos muestran la glorificación de Jesús pueden inducirnos a pensamientos erróneos como si Jesús se fuera y nos abandonara, pero la Ascensión del Señor tiene otros sentidos muy profundos. Contemplemos la escena y nos quedaremos sorprendidos: después de reclamarles incredulidad y terquedad de los discípulos, les da su mandato misionero y se aleja de ellos, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. En cambio: "Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían". ¿Cómo explicar este cambio de actitud? Esperaríamos encontrarnos a los discípulos tristes, derrotados, vacilantes y descontrolados por la ausencia de su Señor. El mundo no había cambiado, Jesús se había separado definitivamente y habían recibido una tarea aparentemente irrealizable, que superaba sus fuerzas. Es más San Lucas nos dice que los discípulos después de postrarse "volvieron llenos de gozo a Jerusalén y continuamente estaban en el templo alabando a Dios". Obras, alabanza y alegría, no son precisamente las consecuencias de una despedida. Todo adiós deja tras de sí un dolor, si Jesús había partido ¿cómo es posible que su despedida, tan largamente anunciada, no les causara tristeza?
Me voy pero me quedo
Las señales que los discípulos realizan, su alegría, la nueva comunidad que inician, después de la "ascensión", vienen a corregir nuestra imagen de este acontecimiento. La ascensión no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía de Jesús que ahora los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera y los impulsa a realizar señales nuevas. Ciertamente han tenido que dejar su terquedad y su incredulidad como nos dice San Marcos, o corregir su concepción del Reino como nos lo sugiere el libro de los Hechos: "¿Ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?". Ni abandono, ni conquista militar, sino nueva presencia. La ascensión no es alejamiento o simple despedida, sino el comienzo de un nuevo modo de presencia del Señor vinculada a al comienzo de una actividad misionera y evangelizadora que busca abrazar a todos los hombres. Así aquellos hombres y mujeres que parecían tan limitados y tan poco preparados, son ahora los elegidos para una nueva misión, pero con una "presencia viva y activa de su Señor". El Jesús que se despide no se va alguna parte en un astro lejano, sino que entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente. Puesto que Jesús está con el Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, limitando su presencia, como antes de la "ascensión", sino que con su poder que supera todo espacio, está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia. Jesús sigue actuando con nosotros.
Discípulos con tarea
A nosotros que vivimos sumergidos en un mundo tan cerrado, sin proyección ni futuro, sin apertura, aunque pareciera que hemos logrado un nivel elevado de bienestar, libertad y cultura, la "ascensión" viene a abrirnos nuevos horizontes. Contemplando a Jesús podemos superar los cansancios y la desilusión porque tenemos la certeza, no de nuestras fuerzas, sino del amor de quien nos envía, de quien asciende, de quien coopera con nosotros y hace surgir señales de vida. Jesús nos invita a recuperar el horizonte y la esperanza de una vida y un mundo mejor. Requerirá nuestra participación decidida, correremos el riesgo de beber venenos y enfrentar problemas, pero con su presencia se verán signos de salvación, de liberación y de verdad. No podemos quedarnos mirando al cielo, sino que debemos poner los pies firmes en la tierra pero con la mirada bien puesta en su Reino. A nosotros, aunque todavía dudamos, nos envía a continuar su obra, nos envía porque nos ama, nos envía a proclamar y a realizar la buena nueva, concreta y en signos visibles. No se es grande e importante por las obras externas ni los bienes materiales, sino porque estamos caminando y colaborando con el Señor que nos envía y nos llena de responsabilidad. Él cree en nosotros quizás más que nosotros mismos y nos abre las puertas del Evangelio para que rompamos nuestra estrechez de miras y podamos construir el mundo de sus sueños. No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo, sino de llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.
Padre Dios, Padre Bueno, que en la ascensión de Jesús nos llenas de alegría y de esperanza porque su victoria es nuestra victoria, concédenos la sabiduría y fortaleza necesarias para sembrar en nuestro mundo las semillas de tu Reino. Amén

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