domingo, 15 de septiembre de 2013

DIÓCESIS
+Mons. Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar Diócesis de San Cristóbal de Las Casas

Imágenes insólitas de Dios
XXIV Domingo Ordinario

Éxodo 32, 7-11. 13-14: “El Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo”
 Salmo 50: “Me levantaré y volveré a mi Padre”
 I Timoteo 1, 12-17: “Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores”
 San Lucas 15, 1-32: “Habrá alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente”
 “¿Qué hace usted si se acerca a confesar un gran criminal, alguien que ha hecho mucho daño, alguien que ha cometido cosas horribles?” Son las preguntas curiosas de los adolescentes que quizás esperan una respuesta donde manifieste mi miedo o mi rechazo a tales personas… Al hacer un repaso de mi vida en el confesionario o en el sacramento de la reconciliación, descubro que son los momentos más sorprendentes, más misteriosos y más admirables de la vida de un sacerdote. Cuando una persona va narrando una lista de pecados y delitos que nos parecen horribles y que muchos condenarían no sólo con palabras sino con penas y castigos ejemplares, a través de sus lágrimas y su arrepentimiento va asomando de una manera radiante la misericordia de Dios. ¡Cuántas veces hemos terminado llorando juntos, en mezcla de dolor y de alegría, ante el inconmensurable amor de Dios! Frente a Él, el pecador no aparece ni como asesino, idólatra, violador o ladrón… ante Él aparece primera y únicamente como “su hijo”. La única y maravillosa sensación es de un amor paterno sin condiciones, sin límites, sin preguntas… Si me preguntan cuál es la más grande y sorprendente experiencia de un sacerdote, tendría que responder que es el palpar ese amor sin límites de un Padre que ama y que perdona aun al peor de los pecadores.
 No sé por dónde comenzar la reflexión de este domingo si reclamando a Moisés o sorprendiéndome de la propuesta escandalosa de Jesús. Moisés tiene una visión tan miope de Dios que se cree con la fuerza suficiente que calmar su ira y no castigue al pueblo que ha sacado de Egipto. Moisés se siente más bueno y con mayor amor que Dios. Le tiene que recordar las promesas hechas a Abraham, los acontecimientos de Egipto y los prodigios realizados en el desierto… ¿Pensará que el Señor se ha olvidado del pueblo? ¿Moisés amará más a este pueblo errante y peregrino que el Señor? Las palabras puestas en boca del mismo Señor nos hacen pensar en ese Dios juez justiciero que con mano fuerte y castigadora trata de enderezar a su pueblo. No es pues nada extraño que Moisés busque aplacar la ira de Dios trayendo ante sus ojos los pasados actos de amor por ese mismo pueblo. La mentalidad de Moisés y la misma mentalidad del pueblo israelita en tiempos de Jesús, propician esta imagen de Dios santo y justiciero, vengador e implacable. Por eso aparece con mucha lógica la actitud de los fariseos y los escribas que murmuraban contra Jesús porque se acerca a los publicanos y pecadores. No se puede estar delante de Dios si se ha roto el código de pureza, si se convive con el pecado, si se pertenece a esa clase de personas condenadas y proscritas por la sociedad.
 Para Jesús no es así. Frente a las exigencias de santidad y perfección exterior que proclamaba la ley, Él introduce otra exigencia que transforma de manera radical el modo de entender a Dios: más que santidad es amor, más que juez es compasivo, más que castigador es perdón y alegría. Jesús inicia así una verdadera revolución pues nos transmite su experiencia de que Dios no excluye, sino es acogida, abrazo, hospitalidad y alegría. Es este amor compasivo de Dios el que está  en el origen y trasfondo de toda su actuación. Lo pone como centro y objetivo de todo su Evangelio. Vive para manifestar la misercodia de Dios. Se siente tocado y asido por la misericodia de Dios: le duele el sufrimiento de la gente, lo hace suyo y lo convierte en el motivo de todos sus desvelos. Cuando hay encuentro y rescate, todo es alegría y felicidad.
 Hoy nos lo presenta en tres imágenes que, al menos en nuestros tiempos, parecen salirse de la realidad y romper los esquemas de la prudencia. Todos entendemos que un pastor cuide con su propia vida, la vida de sus ovejas, pero esas imprudencias de abandonar las noventa y nueve “en el campo”, para ir a rescatar una extraviada por su propia terquedad no entra ni en los mejores presupuestos. Todo buen comerciante asume un riesgo y la aceptación de “pérdidas” razonables. Para este pastor, esos riesgos y esas “pérdidas” se tornan tan importantes que parece amar más las ovejas perdidas que a las fieles. Es la locura del amor por los pequeños, por los débiles, por los alejados, “por las periferias” nos dice ahora el Papa Francisco. Locuras del amor que no sabe medir riesgos sino que es búsqueda, nostalgia y encuentro gozoso del ser amado. La oveja perdida se ha transformado en el único deseo de Jesús.
 Jesús tampoco duda en comparar a su Padre con esa mujer que es capaz de remover toda la casa hasta encontrar la moneda perdida y hacer una fiesta con las amigas y vecinas… Con estos ejemplos rompe los esquemas de nuestros encuentros y perdones. No hacemos fiesta al reconciliarnos con el enemigo. Si acaso perdonamos, lo hacemos un poco a escondidas y procurando no quedar como tontos que han sido incapaces de sostener su dignidad. La fiesta y compartir que se ha encontrado lo perdido, dan una nueva dimensión al perdón y seguramente aumentarán el escándalo y rechazo de los puritanos y “justos” que no aceptan a los pecadores. No sólo se les recibe sino se les recibe con honores. Esto mismo sucede en la parábola del papá misericordioso: no sólo se le perdona al infractor, sino se le restituye su dignidad de hijo con anillo, con vestidos, con fiesta de reconocimiento.   
 Jesús busca hacernos entender que la misericordia es el mejor camino para entrar al Reino de los Cielos. Hay que introducir en la vida social del pueblo, la compasión y la misericordia como la encontramos en el mismo corazón de nuestro Padre Dios. Hay que vivir la alegría que nos presenta en estas tres imágenes de una felicidad figurada en la fiesta y en el banquete al encontrar al perdido. Hay que poner en el fondo del corazón de todo hombre y mujer una realidad muy seria: todos somos hermanos y todos cabemos en el corazón de un Padre. No es un Padre que está esperando la conversión para amar al pecador, es un Padre que ama al pecador a pesar de su pecado, que lo quiere antes de sus señales de arrepentimiento, y que es fiel a su amor a pesar de todas sus infidelidades.Tendremos que recuperar este rostro amoroso de Dios para entender el rostro de cada uno de los hermanos. Que en este día sintamos el abrazo amoroso de Dios Padre que nos ama a pesar de nuestras miserias, pero que también abramos nuestra mente y nuestro corazón para acoger a todos los hermanos como una sola familia. Hoy, como una pequeña gota en el océano, podremos perdernos con nuestro pecado en el océano inmenso de la misericordia de Dios.
 Padre bueno, que nos amas aun cuando somos pecadores, concédenos acercarnos de tal manera a tu amor, que podamos experimentar la grandeza de tu perdón que nos renueva en lo más íntimo y nos acerca a compartir la mesa con los hermanos. Amén

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